jueves, 20 de junio de 2013

Parece que la luna creciente está de nuevo trayendo a todos los locos al restaurante donde trabajo.
Todos los años sucede lo mismo, llega el típico hombre bien entrado en la cincuentena o pasados los sesenta pero sin llegar a ser jubilado. Se sienta ya molestado, y busca cualquier excusa para arremeter contra todos y contra todo. Esta mal el pan, no le gusta el asiento, hace demasiado frio (siento no poder controlar el clima señor, mis súper- poderes solo se limitan a la levitación y a la súper-fuerza, le diré al profesor Xabier que cuando vea a Tormenta me la mande para agradar a ese hombre). Como digo, cualquier excusa es buena, son de esas personas peleonas, a las que les encanta escucharse a si mismas, que se creen en posesión de la verdad absoluta, que no quieren que las demás les miren a los ojos porque eso les desafía. Personas que hablan de si mismas, a las que nadie puede contradecir, consumidos por la soberbia alimentada por todos aquellos que les conocen y que les tienen miedo a llevar la contraria por temor a su reacción. Como odio a todas esas personas, me recuerdan demasiado a mi padre en sus malos momentos, cuando consumido por su vida y la bebida se dejaba llevar en divagaciones absurdas creyendo que el mundo estaba en su contra y que su verdad era inamovible y única.
Personas así son las que sobran en este mundo. Se aprovechan de que tu estás en tu puesto de trabajo y no tienes más que hacer que bajar la cabeza y asentir. Gente que no se atrevería a decirte lo mismo en la calle porque saben que no les tienes miedo ni respeto y eso les tumbarían en un sinfín de reproches y acusaciones. Personas que pecan del peor pecado capital que existe: la soberbia, y no se debe olvidar que el demonio que guía esos actos es Lucifer.
Pasas unas ganas terribles de comenzar un enfrentamiento, sin saber como va a acabar, sin importarte la diferencia de fuerza o tamaño, teniendo solo en la mano la maza del destino, la espada de la verdad, el escudo de la justicia. Armada con esas armas te puedes disponer a realizar cualquier batalla, a sabiendas de que estás labrando tu propio fin.
Que tristes son las cosas. Que pena que haya gente así. Qué lástima no ser más fuerte, más valiente sin arruinar a aquellos que te dieron trabajo.
!Que dura es la vida del camarero!